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La lucha contra la pobreza mental cotidiana Rubén Raaz

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La lucha contra la pobreza mental cotidiana Rubén Raaz

La lucha contra la pobreza mental cotidiana Rubén Raaz

La lucha contra la pobreza mental cotidiana Rubén Raaz
Entiendola pobreza mental como la falta de recursos cognitivos y emocionales para enfrentar los conflictos cotidianos. No tiene que ver con el dinero, sino más bien con darle buen uso a la mente, usarla a nuestro favor y de nuestro entorno y no en contra.

Si nuestra autoestima es baja, si no se han solucionado los traumas del pasado o vivimos pensando en el futuro, no tendremos capacidad para discernir ni para ser conscientes de los recursos prodigiosos con los que contamos y viviremos llenos de miedo, desesperanza, agresividad y resentimiento.

La carencia de recursos está relacionada con eso que Carl Jung llamó inconsciente colectivo, ese bagaje que vamos transportando en nuestras mentes, de generación en generación, desde el inicio de los tiempos y que hemos ido adquiriendo a través de nuestros antepasados. Tiene que ver con la educación, con el aprendizaje, con los modelos a seguir que nos han impuesto o que pasivamente hemos aceptado como inquebrantables. Tiene que ver con las expectativas, con las metas y con las motivaciones, así como con la intensidad con la que nos exigimos cumplirlas. Es un tema de administración de recursos. Podemos tenerlo todo y ser infelices, podemos no tener nada y vivir a plenitud.

No se trata de pretender cambiar el mundo, se trata de detener el continuo maltrato a nosotros mismos ni entre nosotros mismos. El cambio se origina en cada uno de nosotros.

Son muchos los factores y no podremos con todos de una sola vez, pero si comenzamos por lo poco, seguramente lograremos abrir las puertas de la mente y llevar claridad y serenidad para poner orden en nuestro interior y disfrutar del día a día, de lo común, de lo cotidiano.

Uno de los aspectos que más afecta la convivencia y la cotidianidad es la culpa, el castigarnos por todas las vicisitudes que enfrentamos, como si fuéramos eternos condenados por nuestras acciones. Somos nuestro mejor juez, nuestro mejor enemigo. La culpa nos condena y nos arranca con violencia toda posibilidad de utilizar nuestros recursos más prácticos. No sólo nos culpamos por los sucesos del pasado, también lo hacemos por nuestras aspiraciones e ideales, truncando así la posibilidad de crecer, de producir, de aportar, en fin, de garantizarnos una mejor calidad de vida. Decidimos no merecer, no necesitar, no crecer. La culpa nos paraliza, detiene el proceso de identificación mental y aceptación de todo nuestro potencial y vierte en un pozo oscuro y tenebroso todos nuestros
recursos, generando pobreza mental. La lucha contra la pobreza mental cotidiana Rubén Raaz

Dicho así, la pobreza mental no es un estado de carencia, sino más bien de desconocimiento y desuso de nuestros propios recursos. Muchos nacemos con ese pozo ya preformado, nacemos ya condenados. Pero condenarse es muy doloroso, por eso podemos pasarnos la vida condenando o pensando que, como parte de la condena, sólo podemos recibir la miseria que le sobra a los demás: recibimos miseria de nuestra pareja, del patrono, del gobierno, de los vecinos, de las iglesias, de los ricos, entendiendo por ricos a todos aquellos que ya dejaron de culparse y decidieron no dejarse condenar más.

En la oscuridad de la culpa no existe el nosotros, sólo el sufriente abandonado incapaz de crecer. Es lo que suelo llamar la “Cultura del Pobrecito”. Comúnmente ese miedo, esa desesperanza, esa agresividad y esos resentimientos son capitalizados por los que ostentan el poder o por quienes lo pretenden, lo que no los hace más ricos sino tan pobres mentalmente hablando y que cierran ese círculo vicioso que genera la corrupción de los valores.

En el polo opuesto está la responsabilidad. Al asumir que somos responsables de nuestra vida y de nuestras acciones, por más equivocadas que éstas hayan sido, se libera el mecanismo que paraliza y encarcela nuestro entendimiento. Nos permite crecer, buscar soluciones y aplicarlas, a nuestro favor y de nuestros semejantes. Nos permite sentirnos merecedores de los dones con los que nos dotó la naturaleza, abrazar nuestras debilidades y protegernos de las amenazas y utilizar nuestras fortalezas y convertirlas oportunidades. Nos permite utilizar esa luz a nuestro antojo para ir construyendo el camino de la vida. Construir sobre los valores del ser humano y no sobre sus defectos y sus carencias.

Bibliografía consultada

1. Grüm, Anselm. No te Hagas Daño a Ti Mismo. Ediciones Sígueme, 3era. Edición, España, 2003.

2. Monbourquette, Jean. Reconciliarse con su Propia Sombra. Editorial Sal Terrae, 4ta. Edición, España, 1999.

3. Tolle, Eckhart. El Poder del Ahora. Grupo Editorial Norma, Colombia, 2010.

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